Por Alfredo Ortíz y Alfonso Arregui
Precios exorbitantes, molestias generalizadas y un clima global hostil empañan el que sería el torneo de futbol más grande de la historia.
Nunca me he considerado “futbolero”, no sé, desde la infancia fui ajeno a esas cascaritas de los niños de la cuadra o de los compañeros que utilizaban los recesos entre clases para dejarse el alma en una cancha improvisada, pero que en sus mentes podía transformarse en la de aquellos recintos revestidos de gloria como el Bernabéu, el Poblenou, el Maracaná o nuestro máximo símbolo, “El Azteca”.
Ajeno todo eso ha sido para mí, incluso en la etapa adulta aquel fulgor que habita en los estadios e inunda a su afición, pero algo que no puedo negar es sí haberme sentido partícipe del candor emanado de un televisor que cada cuatro años transmitía un partido en que dos selecciones libraban una batalla “homérica” por coronarse campeones del mundo.
En mi mente viven frescos los recuerdos de tíos y primos gritando al unísono, de las lágrimas de mi padre cuando España se coronó campeón en Sudáfrica 2010, porque si algo sabemos los mexicanos, es que si nuestra selección no ha tenido el mejor papel nuestra obligación para refrendar la herencia hispana es la de apoyar al equipo de la nación hermana.
También viven frescas las historias de los mayores que vivieron el mundial de 1970, cuando México a las puertas de la modernidad como anfitrión de unas Olimpiadas dos años antes y de la copa del mundo en ese año vio coronarse al mejor jugador vivo de la historia, Pelé, o la de aquellos que en el 86, con la capital todavía derruida por el terremoto, fueron espectadores o incluso lograron ver en vivo los hitos de Maradona con su “mano de Dios” o “el gol del siglo”, cuando Argentina se coronó campeón ante la ya extinta República Federal Alemana.
Y es que en mi opinión, si hay alguna expresión humana capaz de conmover y apasionar al mismo tiempo, más allá del arte, esa es el deporte, y en este caso el futbol, el cual mueve multitudes, rompe barreras de idioma, sexo, clase social o ideología, algo que necesitamos en un mundo tan polarizado y deshumanizado como el de hoy.
Como lo mencioné antes, sin ser un aficionado sí he participado de ese cúmulo de emociones, sin embargo el que el país sea coanfitrión en su tercera ocasión me deja un sinsabor en la boca, es un sentimiento parecido al limbo en el cual todas esas emociones desprendidas de la fiesta futbolera se han evaporado, una razón que hasta hace unos días pensé, solo habitaba en mi psique, pero con el pasar de las semanas y a unos días de la inauguración parece compartirse con la de miles de mexicanos.
Apenas entrar a X, Instagram o darle un ojo a algunas columnas de opinión en diversos medios, uno se da cuenta que el espíritu festivo es lo que menos está habitando nuestro sentir, aún cuando vemos a niños y jóvenes emocionados llenando un álbum de estampas, o de saber que eventos de esta magnitud fungen como un escaparate para mostrar el rostro más amable del país anfitrión, de hermanar a su gente, sanar heridas, olvidar las problemáticas que nos aquejan aunque sea por unos días y recibir con los brazos abiertos a miles de visitantes, algo en lo que nosotros nos pintamos solos.
Sin embargo, este mundial pareciera ser un mundial del hartazgo, uno en el que las heridas se han hecho más bien profundas y en el cual el sentimiento colectivo es que los mexicanos no estamos invitados a su celebración, o al menos no todos.
Hace unos días, el maestro Alejandro González iñárritu en una entrevista, rememoraba como él al igual que muchos otros mexicanos seguramente, pudo asistir a partidos en el mundial de 1986, algo que para muchos hoy es impensable, tomando en cuenta el exorbitante costo de algunos boletos, los cuales en reventa ya alcanzan precios de $10,000 a $50,000 pesos.
Por otro lado, como ciudadano me ha tocado experimentar la consecuencia de las adecuaciones y mejoras estéticas realizadas a contrarreloj en las tres ciudades sede; en la Ciudad de México se ha llegado a un punto de malestar absoluto al alterar las ya de por sí difíciles rutinas diarias de los ciudadanos, quienes observamos estos “arregli- tos” más como una puesta en escena para sorprender a los visitantes extranjeros que como verdaderas soluciones bien planificadas para facilitar la vida en una ciudad al borde del colapso.
De Guadalajara no he estado al tanto del acontecer diario, pero de Monterrey se dice que las autoridades estatales han tapiado barriadas enteras, sobre todo de aspecto marginal, con paradójicamente letreros de bienvenida para los recién llegados, pero no para sus propios habitantes, razones que abonan más a la percepción colectiva de que ni la FIFA, ni el gobierno parecen querer hacer parte a los mexicanos de un evento donde nuestro país está pagando el precio.
La cosa al exterior tampoco pinta muy bien que digamos. Cuando en 2018 se anunció la sede tripartita, algo único en la historia, pues sólo en 2002 Corea del Sur y Japón habían contado con el privilegio, se creyó que el deporte lograría estrechar los lazos entre las naciones de América del Norte, pero hoy México, Canadá y Estados Unidos se encuentran más alejadas que nunca.
Si bien, los mandatarios de los tres países han buscado hasta cierto punto neutralizar sus diferencias, lo cierto es que la organización de la copa mundial se comparte con un vecino para nada cómodo, quien ha provocado un conflicto comercial capaz de desestabilizar la región, en el cual habita un profundo clima de desconcierto interno por las deportaciones de migrantes, partícipe de una guerra y un genocidio en Medio Oriente, pero que se ha coronado como el verdadero campeón de esta edición, no solo por no haberle sido retirada la co-organización, sino porque a ojos de los otros dos anfitriones se ha llevado la rebanada más grande del pastel y las ganancias ya lo comprobarán.
Un mal sabor de boca que parece no abandonar el sentir de los mexicanos aún cuando la Copa Mundial de 2026 promete ser histórica…solo para una élite.















